Recuerdo cuando la Semana Santa era un tiempo de recogimiento y devoción entre la familia y no una temporada de vacaciones y que siempre iniciaba con la lectura de algún libro que generalmente empezaba, pero nunca terminaba, como Amok de Stefan Zweig

Recorríamos las principales iglesias de Chapinero, iniciando casi siempre por la de Nuestra Señora de Chiquinquirá allá en la carrera 13 con calle 51. Después de unos minutos de recogimiento, bajábamos rápidamente las empinadas escaleras y seguíamos por el costado occidental de la carrera 13 hasta la calle 57, por donde doblábamos a la iglesia del Divino Salvador y allí orábamos muy espiritualmente ante la presencia de Dios.

Posteriormente subíamos por la calle 57, admirando las palmas fénix de esta importante vía, para tomar hacia el norte la carrera 13 y ojear las vitrinas de los almacenes Tía, Tania, Garvi y Only entre otros o comer churros en La Castreña para, finalmente, subir por la calle 63 hasta la imponente Iglesia de Lourdes en donde, casi siempre, terminaba nuestro periplo, recitando el padre nuestro en latín, como debía ser y como me habían enseñado en el colegio Mayor de San Bartolomé.

Mirábamos de reojo la puerta cerrada de la pista de la 63, que funcionó durante varios años en Bogotá y que al terminarse dejó a varios afiebrados sin donde patinar. Luego subíamos a tomar la carrera novena hacia el sur, pasando por la estación de los bomberos en la calle 61 y una espectacular casa con un amplio antejardin que era de Francisco de Paula Vélez

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